martes, 2 de octubre de 2007

RELATO DE TERROR O TERRORÍFICO:
DON LIBERTO, DOÑA LIBERTA Y EL PARTIDO DE FÚTBOL.

Para aquellos sujetos, sin escrúpulos, mimados por el analfabetismo y la macarra finisecular principios de éste, existían tres clases de individuos en sus países de origen respectivos: la plebe, chusma o populacho, plazas y calles de donde habían salido y, por la misma razón, a los que halagaban en público y despreciaban en privado, para defender sus intereses, por razones estrictamente diplomáticas: el noventa y ocho por ciento de la población. Los que tenían cierta clase, el uno por ciento, a cierta distancia de las masas o de las gentes -quienes cuestionasen los datos estadísticos quedarían confinados en la torre de los cuerdos-, que no habían alcanzado la debida putrefacción moral e intelectual, aunque albergaban esperanzas, pues ya sabían distinguir entre lo que es ser un cafre y las ventajas y beneficios que se obtienen por serlo. Aunque existían los que nacían aprendidos, siéndolo, lo que facilitaba el acceso hacia el idílico estado en el proceso de corrupción, hasta llegar a su máximo apogeo o punto álgido, ahorrándose, de este modo, los tediosos trámites burocráticos. Por último o en primer lugar, se encontraban los superclase, ellos, en exclusiva, en versión original, según ellos y Quentin Tarantino. Así pensaban. De este modo elocuente se manifestaban. Salvo algunas excepciones que irían en aumento hasta desbordar sus previsiones.
Partiendo de estas premisas presentamos a Don Liberto, casado con Doña Liberta, harto del acoso al que se encontraba sometido por lo que veía como gallinas de corral picoteando en el palo de un gallinero, algo comprensible cuando le acosan a alguien, aunque él tampoco pareciese precisamente despejado, visto de lejos y de cerca, con el tiempo. Sus amigos no entendían a qué se debía su decidida vocación por lo que denominaban, no sin cierta pelusilla, dada su educación progresista, nuevas tendencias, “la feliz independencia”. Ser demasiado exigente no es beneficioso para la salud, le decían, suponiendo, lo que no deja de ser una suposición, que su amigo fuera demasiado exigente y suponiendo cuáles eran sus deseos, en el caso de que éstos existiesen, grabados a cámara lenta en su cabeza, como así quedó grabado en la de un turista japonés, que lo confundió con otro personaje, algo más atractivo. No hizo nada ni conquistó nada ni luchó por nada ni fue a buscar nada, en parte alguna. Jamás. Y hubiese seguido así, sin mover un dedo, obteniendo idénticos resultados, dado el índice de probabilidades vitales en aquellos países para los señores de sus características, con la mente como un folio en blanco, sentado en una terraza, mirando al mar.
Mirando al mar, que no hay que cargar con metáforas u otros añadidos, es el mar o la mar y viene una coma detrás, lo tomas o lo dejas, se acercó Doña Liberta con sus gafas de sol, en un acto reflejo, pues sólo quedaba un asiento disponible. Nada más aposentar sus posaderas y saludar a Don Liberto, se quedó en blanco, como el blanco de las paredes de las casitas terreras, como el blanco de su coche blanco metalizado. Habla poco, no es listo ni corto, ni guapo ni feo y tiene otra profesión. Él pensó lo mismo, por mimetismo, aunque se dijo a sí mismo, dada su educación progresista, creación últimas tendencias: no es del oficio y gana menos que yo. Se casaron. Feliz y cómodamente. A partir de este hecho, con intereses ocultos y perversos, puesto que no existen, transcurrieron dos años de armonía hogareña, aunque la admiración de él se dirigiese, siempre y sin excepción, hacia los señores con poder que salían en la televisión de aquellos países.
A Doña Liberta, con una formación sentimental de clase media-alta con tendencia al vértigo fuera de su hábitat y educada en el libre albedrío, el respeto a los demás ciudadanos y la libertad de expresión y elección de lo que muchos llaman “la persona humana”, le parecía natural la...llamémosla transacción. Se dijo a sí misma, en un ataque de cordura que duró el tiempo justo para no perderla, como le pasó en cierta ocasión a Abundio, paseando con Gerundio y añadió, para su porte y su corte de pelo, estilo egregio principios de siglo, varonil, extremadamente corto y con tres rabos o extensiones postizas, dos en la frente, rubio platino y una en la nuca, como la cola de un mapache gordo y fofo, frente al espejo de dibujos animados: lo que ha de ser, será.
Un buen día, como cualquier otro, pues todos los días son buenos por razones de cordialidad ciudadana, un canal deportivo, dado el éxito de los partidos de fútbol masculino y la competencia salvaje con otras cadenas televisivas, llegó a un acuerdo con varios peces gordos para que los jugadores de los dos equipos más importantes de aquellos países salieran a jugar al campo desnudos, y sacar una buena tajada todos los participantes en el suculento negocio: dueños empresariales, accionistas, presidentes de clubs deportivos y futbolistas. El partido se retransmitiría a las nueve de la noche del lunes siguiente posterior a la firma del acuerdo. En dos semanas todo estaba listo.
A las nueve y cinco de la noche del gran día, Don Liberto se encontraba en la cocina revisando el congelador, conectado al portátil, al mp3 y al móvil escarlata y Doña Liberta, después de jugar a la PlayStation durante horas, terminaba en internet la lectura de dos capítulos de una novela de Doña Natalia de la Riva, que ya era Doña, puesto que estaba licenciada. La novela es mediocre y gris o gris y mediocre, y la chica, ¡ qué quieres que te diga...! No entiendo cómo dicen que es tan mona, la verdad... La encuentro corriente del todo, tirando a corrientucha. Aunque, curiosamente, hay párrafos aprovechables. Voy pitando, echando niebla, a copiarlos, cortarlos y pegarlos en el ordenador para tu próximo artículo de pensamiento crítico, independiente. ¡Qué degradación...! ¡ Qué falta de educación...! ¡No hay ningún respeto por el oficio más antiguo...! Le comentaba a su esposo, que jamás escuchaba historia alguna que no fuese la suya, única, irrepetible, analizando la situación cultural de los países, a su manera, libre como el viento que sopla en las planicies, ignorando el partido.
Al darse la vuelta, Don Liberto encontró en la televisión a todos los jugadores
desnudos, saltando de un lado a otro, dando patadas a un balón que quedó relegado a un segundo plano hasta desaparecer por completo de la historia por alguno de sus cuatro márgenes. Se sentó en el sofá castaña marrón glasé, con los ojos desencajados como los de un búho enfermo de malaria que acaba de descubrir que además de las tapas de dos libros de dos hombres muertos y el olor de la cubierta de dos libros de dos hombres muertos, jamás su contenido porque no es suyo, lo que le gusta son los hombres, vestidos o desnudos, jueguen vivos o muertos, lleguen contentos y alegres o aparezcan fiambres. ¿Qué me está pasando...? Se preguntó, en su primer ataque de madura lucidez que duró el tiempo justo para no quedarse instalada en su oratoria. ¿Cómo es posible que admire a los de mi sexo, los cite, mencione, recomiende, seleccione, enchufe, solicite su consejo, comparta mi intimidad entera, gustos, conversaciones, juegos, diversiones, intereses con ellos, y viva con esta mujer, sin notar síntomas extraños...? Con esta extravagante y rara duda, que asaltó a más de uno aquella noche de desfachatez lujuriosa o lujuria desfasada, quedó pegado al batín, como la nata de la leche en un cazo, como una punta a un imán, como el ácaro que acaba de devorar con avidez las únicas células humanas que encontró en un cojín. Y volvió a quedarse en blanco. Como la clara de un huevo frito en el centro de un plato cuadrado: el habitáculo.


Contempló su sexo como un psicópata asesino que acaba de estrenarse en el papel protagonista, uniendo los huesos rotos de un cráneo en un cementerio cinematográfico cargado de efectos especiales, comparando su pene con el de los futbolistas para ver si estaba a la altura del equipo, si le sobraba o faltaba algo, midiéndoselo, primero, con una regla de plástico y después con un metro que encontró en la galería del jardín, el largo, el ancho y el perímetro, fundamental, aunque tuvo que recurrir al catalejo para observar los detalles esenciales de los que él veía como esculturales jugadores, siendo la televisión de pantalla plana, gigantesca, con la mayor cantidad de pulgadas que se encuentran en el mercado actual.
Y en estado de análisis megalítico, creativo, intelectual, casi metafísico, permaneció hasta las doce de la noche, tal y como relató su esposa, indiferente el todo e indiferente también al resto de los acontecimientos que llegarían de inmediato, dispuestos en cadena. El índice de telespectadores se disparó hasta alcanzar unos índices insospechados, sin parangón posible desde los últimos años del siglo veinte, según la opinión de los ancianos entrevistados. Al día siguiente, Doña Liberta, junto a otras muchas mujeres de aquellas generaciones insólitas, hacía cola en el bufete de abogados para solicitar el divorcio. El final es conocido. Al menos, en apariencia.
Él se entregó a la novela rosa o tabernaria, género que hacía estragos entre algunas ilustradas, formadas en las universidades de aquellos países y en las salas de espera del dentista, después de releer su último libro “El tic de la cajera aprendiz”, un sesudo y exhaustivo estudio sobre lo que suponía la pasión de las cajeras explotadas por los señores que llevan el carrito por los pasillos de los hipermercados. Sabía que aparecería en su escena o teatrillo de cartón piedra el adonis hercúleo, el esclavo real, no contaminado, aquel que le admirase con total entrega, abnegación. O su amada menina velazqueña. Estaba seguro de que sucedería en el momento más insospechado, paseando por el malecón o en la cena de Cotufo, en los postres, preguntando por el servicio, al fondo del pasillo a mano izquierda o viendo su fotografía, ¡horror, bosquimanos, huyamos...! en aquel edificio, con la mano derecha apoyada en la sien, gritando silenciosa, cívica y educadamente a los ciudadanos, trabajadores o siervos de la gleba: yo soy el gallito Perico, íntimo de un señor que se llama Pera y de un tal Pericot. A lo que un ciudadano, que pasaba causalmente por allí, tardando en atravesar el ancho de la fotografía unos veinte minutos, a salto de avestruz, respondió, cantando, mirando hacia el cielo, -escuchemos la voz del barítono-: yo soy Pepo, el cocinero, tengo hijas a granel. Tengo a Mara, tengo a Berta y también tengo a Raquel. Y por si esto fuera poco, a la pequeña Cacahuet.
Si pasó o no lo que sabía sucedería, lo ignoramos. Al parecer se enamoró, loca, apasionadamente, de una bellísima nonagenaria, ciega y sordomuda, que se hacía pasar por cadáver exquisito y lo escuchaba sin pestañear, durante las veinticuatro horas del día, dando un giro radical a su única convicción. Al menos, en apariencia. Doña Liberta, por su parte, indiferente, se largó de vacaciones, todo el año sin horario, con la pasta gansa en el bolsillo, viviendo holgadamente de las rentas, para mirar el mar o la mar, sentada en una terraza, con la mente en blanco. Hasta que conoció a su octava maravilla.
Casos simples. Como ven. Casos cerrados. Eso era lo que repetía Doña Diógenes, psiquiatra de todos Los Libertos, siguiendo fielmente la tradición. Y diciendo esto, en el barril metida, dio un carpetazo. Pero una inesperada voz, que irrumpió de pronto, ronca, profunda, terrorífica, salida de las tuberías de aquel inmenso despacho o ¡quién sabe...! de las lámparas del portalón, estilo Luisa Fernanda, vecina del Cuarto Imperio, concluyó, sentenciando: al menos, en apariencia.

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