IMPRESIONES SOBRE HOLANDA.
Hubo un tiempo en el que Ámsterdam, quedan resquicios en toda la ciudad, fue el paraíso de los innumerables viajeros europeos que acudían a la ciudad de los canales atraídos por lo que ellos denominan “la pequeña república de Holanda” o “república de la libertad”, de modo que todos terminaban yendo a Ámsterdam, de paso o para quedarse, algo que sus habitantes han sabido explotar de forma inteligente. Esta apreciación es inevitable cuando te encuentras y te acogen en sus casas amigos holandeses. La impresión primera en la llamada “Venecia del Norte”, por los numerosos canales que dividen la ciudad en un centenar de islas unidas por puentes y por las casas, construidas sobre palafitos, además de saber andar en bicicleta, nacen pedaleando y patinando sobre hielo, es la de una ciudad hermosa, tranquila y acogedora, - los diseñadores y arquitectos holandeses están en alza-, donde todo está permitido siempre que no se moleste y en la que cada cual va a su aire y es respetuoso. Este carácter un tanto anárquico, en su apariencia, guarda una lógica aplastante: para un mediterráneo, acostumbrado a las presiones extremas, parece que son las presiones las que mueven la organización de la maquinaria social; para un holandés es al contrario: eliminan todo tipo de presiones para hacerse la vida más confortable. Y como son transigentes y respetuosos con todo el mundo y llevan demasiados años siéndolo, ahora se encuentran en ese momento, lógico, por otro lado, en el que hay que tomar ciertas medidas para evitar ese tipo de turismo que sólo viaja a Holanda, sin enterarse de nada, para ir al Barrio Rojo y contarlo a su regreso, del que empiezan a estar hartos. De ahí las medidas que va a adoptar el Ayuntamiento. Los holandeses están de vuelta de esas atracciones, pero, al parecer, para muchos extranjeros el atractivo de Ámsterdam sigue residiendo en lo que otros tienen olvidado, el sexo y los porros, en una ciudad preciosa, por lo demás, con una calidad de vida alta, actividades culturales interesantes, gusto por la música, los mercados de flores, quesos, productos ecológicos, rastrillos de libros de segunda mano, la lectura, donde hay varios centros de interpretación y estudio musical de gran prestigio y conciertos al aire libre para todos los gustos, además del emblemático edificio el Concergebouw, cerca del Rijsmuseum, Van Gogh Museum o el Stediemuseum, con una programación interesante, para cualquier amante de la música clásica. Y ellos lo son. Además de lo citado, hay que visitar la Casa de Rembrandt, las viejas fábricas de cerveza que se encuentran diseminadas por la ciudad, una maravilla, o algún restaurante de moda, interesante también, como el Café-Restaurant Ámsterdam, en Watwrtorenplein 6. Prácticamente todas las casas tienen una biblioteca, más o menos grande, pero una biblioteca. Y casi todas las casas, estudios y bajos alquilados para negocios, galerías o estudios de artistas, un instrumento musical. El piano y el violín acompañan a Holanda en cualquier rincón donde se encuentre.
Holanda es un pequeño territorio, que en sus dos quintas partes se halla situado por debajo del nivel del mar y que continuamente se ve amenazado por las grandes mareas y las crecidas de los ríos, poco fértil, debido a la gran extensión de terrenos pedregosos, turberas y pantanos, que, a pesar de la densidad de su población y del alto nivel de vida de los habitantes, obtiene una producción agrícola y zootécnina que permite una fuerte exportación. Los holandeses han sabido transformar turberas y pantanos e incluso amplias extensiones de agua en fértiles campos, que defienden heroicamente en una lucha contra los elementos. Aldeas preciosas inundan los alrededores, así que lo mejor es que se hagan excursiones, primero, en tranvía, después a pie o en bicicleta, por una postal donde puedes llegar a preguntarte: ¿ hay alguien viviendo en la postal...? Y así es.
De todos modos les lleva un gran trabajo mantener sus casas y hay que pintar todos los años las fachadas y tratar la madera para que esté en buenas condiciones, dado el grado de humedad. El país es pequeño y todo el mundo, desde los jóvenes hasta los ancianos, tiene conciencia sobre el cuidado del entorno y las tradiciones. La gente es amable y todos hablan inglés. Hay, además del turismo aludido, otra clase de visitante que no viaja de esa manera, por fortuna, además de las gentes de negocios que toman vuelos en el aeropuerto más transitado de Europa. Para conocer algo un país hay que patear sus calles, viajar a otras ciudades, algunas de ellas a menos de media hora de Ámsterdan, como Utrech, maravillosa, ciudad universitaria, por excelencia.
Por otro lado, independientemente de cuáles sean sus inquietudes, lo que está claro y ningún europeo entiende es el sistema de “proposiciones español”, como lo llama Roland, profesor de Economía y Estadística. ¿Qué es eso de las proposiciones, - refiriéndose a las oposiciones -? ¿ A qué se oponen exactamente?, preguntaba. Pero lo que ya no concibe su lógica es la explicación sobre ciertas realidades que escapan al sentido común y se viven en otros países, con cultura mediterránea esplendorosa incluida. Preocupados por los cultivos biológicos, el deporte y el amor por la naturaleza y su cuidado, los holandeses tienen una cocina autóctona escasa, -algunos pescados marinados o ahumados, arenques, patatas y coles ácidas con nuez moscada y salchichas, a la que han ido añadiendo todas las cocinas conocidas, pues el país está plagado de restaurantes de sus antiguas colonias y del resto del mundo: cocina de Indonesia, japonesa, española, italiana...Con mucho éxito, por cierto. Y el pastel de manzana, que venden en todas las panaderías, típico también de Alemania, está riquísimo. Les entusiasman, al igual que a los alemanes, los cremosos helados italianos.
A las ocho empieza la vida y a las siete de la tarde sólo se escucha, lejano, el sonido de una canción o de una persona que regresa a casa en bicicleta. Durante el día, alguna vez pasó el viejo organillo, atemporal, la misma música y el mismo organillo de colores de siempre, - para entendernos, pues no es un organillo, al uso, y ya aparece en los libros antiguos de Historia y Geografía de los Países Bajos-, con los molinos de viento, las vacas frisonas y las ovejas blanquísimas y redondas y hacía bailar a las gentes en las calles, al igual que cuando una casa está recargada, algo que no sucede casi nunca porque son sencillos vistiendo y decorando, suelen decir que es de estilo Steen, Jan Steen, el viejo pintor detallista, de la vida cotidiana, al milímetro. Bajamos a la calle Roland, Tom, Ana y yo, a escuchar el organillo, enseñándonoslo como sólo los niños enseñan un juego y después, la excursión, hasta llegar a la casa de madera de unos amigos de Roland, construida por ellos. Besos para el Barrio de Jordan.
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