-El Camino de Santiago-
La huella del secreto
“El arte parece ser el empeño por descifrar o perseguir la huella dejada por una forma perdida de existencia”. Esta reflexión de María Zambrano bien podría orientarnos en el significado profundo de lo que fue y sigue siendo La Ruta Jacobea. En su sentido primigenio el Camino tenía un significado trascendente de búsqueda y conocimiento, además de un sentido religioso. Pero después de tantos siglos, nos preguntamos: ¿ qué busca el peregrino hoy? Volviendo a María Zambrano deberíamos decir que esa seducción, intrínseca al Camino, necesaria en la vida, disfrazada bajo la máscara de estéticas, orígenes y culturas diferentes, es la búsqueda de una experiencia vital que imaginamos, intuimos diferente. El sentido trascendente del Camino, de hacer cualquier camino, del hecho de tomar una decisión, cualquier decisión, no se ha perdido, aunque a veces se manifieste de un modo que para algunos pueda resultar frívolo, porque la necesidad, el deseo, es una necesidad y un deseo colectivo, que va más allá de la experiencia individual, y ésta, la experiencia individual, consciente o no de ello, ha herededado, a través de la memoria de sus antepasados una brizna de conciencia, una inquietud, que ahora definimos de otro modo.
Tendríamos que decir, siguiendo la reflexión, que hacer el Camino es una experiencia poética, pues aseguramos que al comienzo el peregrino que abre la puerta primera, es uno, y al finalizar el viaje, el peregrino se ha transformado en otro ser que a su vez transmitirá la herencia al resto de los futuros peregrinos. Existen las modas que se imponen cada cierto tiempo, y existen ciertos modelos que se ponen de moda y sirven como ejemplo. Se filtran, en el maremagno de manipulaciones y eventos interculturales, como experiencias auténticas, y por lo tanto, reales. Hablamos de realidad subjetiva, es cierto, pero también hablamos de la realidad objetiva que educa y nos enseña a ser más civilizados: la belleza de un paisaje, el trato con las gentes de los pueblecitos que vamos encontrando a nuestro paso, su generosidad y hospitalidad. Y todo ello tiene además otro sentido que es esencial: en esta zona geográfica, León y provincia, el viajero habita un espacio de transición física y de conciencia.
Como algunos sabios ya han escrito sobre la Historia del Camino de Santiago, las iglesias y ermitas del Camino, su gastronomía y paisaje, he pensado que esta era una buena ocasión para desvelar el secreto, considerando lo que entiendo de interés para su divulgación, y que he contrastado en algunos archivos, llegando a concebir la idea de que ese secreto transmitido tiene mucho más que leyenda, y que la leyenda se funde en él. La descripción que aparece en el libro “ Narraciones y Leyendas del Camino de Santiago”, escrito en el año 1.611 por un autor anónimo, en el título II, Capítulo IV: “De lo que le aconteció al viajero antes de llegar a Foncebadón” coincide con toda exactitud con la realizada por el viajero francés, también desconocido, en su libro:“Apuntes sobre un paisaje leonés”, del que ignoramos la fecha, por su deterioro, abandonado al capricho de su suerte en el tiempo, coincidente a su vez con la descripción realizada por la persona que me transmitió el secreto en Villafranca.
Antes de transcribir del librito que tengo en mis manos el párrafo que nos interesa, debo aclarar al lector atento, para su confianza, que ciertos secretos nos son transmitidos por razones que sólo pueden llegar a comprenderse habitando los territorios de transición donde la lógica natural da paso a la particular lógica de la simpatía y el azar, y que es ella la que guía las conductas en algunas personas que hasta ahora aparecían ante nosotros con la boca sellada.
Si esta razón no es suficiente, mi consejo es que se abandone la lectura del siguiente párrafo:
“ Quedándome un corto tramo para llegar a Foncebadón, me senté en una piedra, junto a la Cruz de Ferro, a descansar mis doloridas piernas, entrándome un profundo sopor a causa del sueño y el agotamiento, cuando de pronto sentí en el hombro derecho el roce de una mano, y al volver la cabeza tuve tal escalofrío que aún tiemblo al recordarlo. Ante mí se encontraba otro peregrino, de regreso, según dijo, pero aquel peregrino que se acercó a hablarme era yo, o mejor, era otro peregrino con mi mismo rostro, cuerpo y manos: “ soy tu yo de regreso, soy tú en el mañana, y me siento feliz pues me has encontrado, antes de proseguir, anticipándote, y ello quiere decir que tu peregrinaje tiene un sentido y llegarás a buen fin”. Una paz, bondad infinita invadió mi espíritu; un estado de gracia tal que no he vuelto a sentir nunca nada parecido. Después de pronunciar el peregrino aquellas palabras se sentó a mi lado, guardando un largo silencio sólo interumpido, de forma apenas perceptible, por el canto de un minúsculo pajarillo blanco. Desapareció, para siempre, el peregrino, y no volví a verle, hasta hoy, día en el que leerás este breve relato”. Ángeles Basanta. Ayuntamiento de León.
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Espléndido.
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