sábado, 11 de agosto de 2007

AL PIE DE LA LETRA. TERCERA ENTREGA.

El espíritu público no puede venir más que de un sentimiento social o sentido del consorcio con el género humano. Ahora bien, no hay nadie tan alejado de ser socio en este sentido o partícipe de la afección común, como esos que apenas si reconocen ( tener) un igual y que no se se tienen a sí mismos como sujetos de ley alguna de asociación o de comunidad. Siendo así que la moralidad y el buen gobierno van juntos. No hay verdadero amor a la virtud, sin el conocimiento del bien público; y donde hay poder absoluto, no hay ( bien) público. Quienes viven bajo la tiranía y aprendieron a admirar ese poder como sagrado y divino, están pervertidos tanto en su religión como en su moral ( o política). El bien público, según la estimación de los mismos, es medida o norma de gobierno en el Universo tan poco como lo es en el Estado. Tienen muy poca noción de lo que es bueno o justo; no otra sino la que determinan la mera voluntad y el mero poder. Creen que la omnipotencia dejaría de serlo si no tuviera libertad para eximir de las leyes de la equidad y para cambiar a su gusto la pauta de la rectitud moral. Mas, no obstante los prejuicios y corrupciones de este género, es obvio que algo queda aún de un principio público, incluso donde más pervertido y hundido esté. La peor de las magistraturas, la de calaña meramente despótica, puede presentar suficientes ejemplos de celo y afección por el mismo. Donde no se conoce otra forma de gobierno, pocas veces deja de recibir ( la tiranía ) esa fidelidad y obediencia que se presta y es debida a una mejor forma de gobierno. Los países orientales y muchas naciones bárbaras fueron, y son aún, ejemplo de esto.

No hay comentarios: